Abandonar en los deportes de resistencia: ¿y si no fuera un fracaso?

Abandonar en los deportes de resistencia: ¿y si no fuera un fracaso?

SL
Por Sabine Loeb

Publicado el jue, 10 de septiembre de 2026

Actualizado el jue, 10 de septiembre de 2026

Abandonar. A veces, basta con pronunciar esa palabra para sentir incomodidad. En los deportes de resistencia, suele vivirse como un fracaso, casi como una falta. Pero ¿está realmente justificada esa percepción?

¿Quién no ha pensado alguna vez en abandonar cuando las dificultades se acumulan? ¿O cuando el dolor es tan intenso que impide cualquier movimiento? Entre plantearse abandonar y rendirse hay un trecho. No cruzar la línea de meta nunca es algo trivial. Pero las razones que llevan a tirar la toalla son múltiples y personales. A veces, el cuerpo impone el alto. La pérdida de conocimiento, una lesión o un fallo físico terminan imponiéndose a la voluntad de llegar a meta. En otros momentos, aparece una molestia que parece insuperable. Pero ¿lo es realmente? Según factores como la tolerancia al dolor, la fortaleza mental, el ego o la mirada de los demás, un participante conseguirá salir adelante y otro no. ¿Fracaso, decisión racional o necesidad fisiológica? Analizamos este término que asusta a más de un finisher: el abandono.

¿Por qué está tan mal visto abandonar?

Suena casi a vergüenza. Decir que has abandonado y escuchar cómo lo repite quien tienes delante no resulta fácil. Y, sin embargo, presentarse en la línea de salida ya merece respeto. Porque antes de llegar hasta allí ha hecho falta prepararse físicamente para estar listo el día de la carrera. «El cuerpo tiene que estar preparado para hacerlo, confirma Fabio, triatleta amateur de larga distancia. Aunque sea un maratón, un 10K o un 5K para una persona sedentaria. Cada uno tiene su propio Everest.»

Para llegar hasta ahí, el corredor se ha dejado la piel y ha respetado al milímetro su planificación de entrenamiento, pese a un día a día cargado. Por eso, cuando llega el momento esperado, quiere estar a la altura, sobre todo ante sí mismo. No quiere lamentar todas esas tardes de invierno en las que se privó de tantas cosas. «Uno piensa que ha hecho tantos sacrificios para conseguir esa medalla», comenta Juliette, una de las 1.390 participantes que abandonaron el Maratón de París este año. El 2,41 % es, precisamente, la tasa de abandonos de la prueba en 2026, una muestra de que la mayoría se aferra con uñas y dientes a esa ansiada medalla de finisher, recompensa de todo el esfuerzo invertido.

Para algunos, es una cuestión de ego. «Quiero demostrarme que todavía soy fuerte», explica el finisher del Frenchman, un triatlón XXL que completó en 9h31. La frase que me repetía era: “¿Qué clase de persona eres si abandonas cuando se pone duro? Fabio, te apuntaste a esta carrera para buscar la dificultad”.» Otros lo hacen por respeto a los profesionales o a quienes les apoyan. Para Nikita Paskiewiez, triatleta profesional de larga distancia, terminar roza la obligación. «En un Mundial, cuando estás a ese nivel, si vas el 30.º y tienes un desfallecimiento enorme, pero todavía puedes caminar, de alguna manera te debes a tu público y tienes que terminar, sobre todo si aún quedan unos diez kilómetros.» En cambio, según la francesa, otros abandonan por «cobardía». «Conozco a algunas que no quieren que cierta chica vaya por delante de ellas.»

Aun así, no todos los abandonos dejan un sabor amargo. Nicolas Fiessinger, 21.º en la Copa del Mundo cadete de carreras de montaña en 2017, no terminó su primer maratón, en Ginebra, el pasado mes de mayo. La frustración estaba ahí, claro, pero lo vivió muy bien. ¿Su secreto? Una forma menos comparativa de afrontar la carrera, con menos Strava y menos reloj, además de la conciencia de que corría por sí mismo. «Jugué y perdí, pero estaba tranquilo y salí sin presión. El trabajo se había hecho mientras compaginaba mil cosas más, me encontraba bien y mis seres queridos estaban allí: corro por mí y por ellos, no por los demás, las fotos o la medalla», resume.

Creo que abandonar no forma parte de nuestro ADN.

Fabio, finisher del Frenchman Triathlon Carcans en 9h31

Cuando el cuerpo marca sus límites

Para muchos deportistas, amateurs y profesionales, abandonar no es una opción. Si el cuerpo les permite seguir, ni se lo plantean, sean cuales sean las condiciones. «En mi cabeza, siempre estuvo fuera de cuestión abandonar», suelta Juliette, doble maratoniana. «Creo que no forma parte del ADN de los corredores de trail», insiste Fabio, aficionado a la ultraresistencia, para quien caminar equivale a abandonar.

Pero a veces no queda otra que bajar el ritmo. Como tantos otros, Fabio sufrió la falta de combustible provocada por problemas de nutrición. Durante el maratón del Frenchman tuvo que luchar contra unas ganas irrefrenables de caminar. «Mi cuerpo ya no respondía, describe. Me bajó la frecuencia cardíaca y, mentalmente, me rompí.» La nutrición, qué quebradero de cabeza. Pero ¿qué decir de esos imprevistos de carrera de los que es imposible recuperarse? Étienne Daguinos los sufrió en primera persona: tuvo que abandonar la Tokyo Speed Race en mayo de 2025, cuando aspiraba al récord de Europa de 10K, después de que uno de sus rivales le hiciera tropezar involuntariamente.

Ante estas dificultades, toma el relevo la fortaleza mental, esa capacidad para perseverar. Fabio tuvo que aceptar primero sus límites físicos. «Pasé 10 kilómetros luchando para no caminar, diciéndome: “Piensa que te quedan 10 kilómetros de trote. Y los dos últimos no cuentan”.» Haberse imaginado antes en una situación de sufrimiento así durante los entrenamientos le ayudó a resistir el golpe. «Me había visualizado allí y allí estaba. Cuando decides que lo quieres, estás en el lugar que te corresponde dentro del sufrimiento.» Para combatir el dolor, se empapó de los ánimos de los aficionados presentes a lo largo del circuito de 10 kilómetros. «Unos tipos me dieron una fuerza que no conocía de nada. En la tercera vuelta, cuando estaba más agarrotado, me salieron alas durante un kilómetro.» El apoyo del público, los gritos de sus seres queridos y los pensamientos positivos lo revitalizaron hasta el punto de mejorar su ritmo en un momento dado y recuperar la sensación de energía necesaria para continuar.

Pero cuidado: terminar la prueba no significa mantener el mismo estado mental de principio a fin. El estado que parece más determinante es el de preservación, que consiste en protegerse y conservar la energía. Adaptar la estrategia se vuelve esencial. Los calambres de estómago no implican necesariamente abandonar si se encuentra una solución: parar varias veces para ir al baño, cambiar la nutrición o tomar una bebida que se tolere mejor.

En un estudio de 2017 publicado en la base de datos PubMed, los investigadores llegan incluso a afirmar que «los finishers pasan más tiempo en estados de preservación y menos en estados de derrota que quienes abandonan». Dicho de otro modo, quienes llegan hasta el final no son necesariamente los que sufren menos, sino los que mejor consiguen adaptar su respuesta al sufrimiento.

Fue el caso de Nikita Paskiewiez, que sufrió una infección corneal en ambos ojos durante su primer Embrunman, en 2024. A 700 metros de la meta logró subir al podio pese a tener la visión extremadamente deteriorada: «No veía nada, absolutamente nada. Estaba sumida en una nebulosa. Era muy peligroso. No paraba de llorar. Y, aun así, ni siquiera pensé en abandonar. No abandonas mientras no te caigas. Mientras quede un poco de luz, sigues. Te has entrenado para esto.» En esa situación, abandonar le habría roto el corazón, porque su cuerpo todavía respondía a la perfección, aunque sus ojos ya no le permitieran ver con normalidad.

Los más resistentes quizá no sean quienes ignoran el dolor, sino quienes aprenden a convivir con él. Y, a veces, convivir con él también significa saber parar. La cuestión es si renunciar cuando continuar pone el cuerpo en peligro constituye realmente un fracaso.

¿A veces la verdadera valentía consiste en abandonar?

¿Y si abandonar resultara ser una decisión meditada? ¿Y si no llevar el cuerpo al límite ni agravar una lesión fuera la actitud más saludable? Un acto aún más valiente cuando se recuerda todo lo que se ha puesto en marcha para llegar a esa competición.

Nicolas Fiessinger eligió interpretar su abandono en Ginebra como una prueba de que va por el buen camino: «Corrí 30 km a 3:20/km, con ritmos de 2h19, cuando estaba preparado para 2h22. Eso no perdona, pero quise aprovechar las piernas tan buenas que tenía ese día. Mantener ese ritmo durante 30 km vale por mil victorias, porque al principio de la preparación era impensable.» A veces, abandonar también significa preservar el cuerpo para lo que viene. Reducir los riesgos y volver antes a los entrenamientos. «Ahora tengo una pequeña molestia en el tendón de Aquiles. El domingo, si me duele, pararé directamente, porque mis objetivos no están ahora», cuenta Nikita sobre el Ironman 70.3 de Nice, previsto para el 28 de junio. Cuando hay algo más importante que la carrera del día, resulta más fácil levantar el pie. Para los profesionales, la ecuación puede ser más compleja. «A veces es mejor abandonar un domingo para llegar a tope el domingo siguiente y ganar dinero», añade.

¿Y si, al final, ese supuesto fracaso nos hiciera más fuertes? Alessia Zarbo, doble subcampeona de Europa de 10.000 metros, vio cómo su cuerpo arruinaba uno de los momentos que podían haber sido más importantes de su carrera. En los 10.000 metros de los Juegos Olímpicos de 2024, tras 25 minutos de esfuerzo, la atleta francesa se desplomó y tuvo que ser evacuada en camilla. Hoy ve aquel episodio como un punto de inflexión: «Era imposible que aguantara hasta el final. Llevaba seis meses con fatiga crónica. Todo mi sistema estaba ralentizado. Hacía algunos rodajes de recuperación a más de 165 pulsaciones por minuto y tenía un montón de pequeñas lesiones. Sufría un sobreentrenamiento total provocado por una falta de estabilidad. Compensé en exceso y llegué al límite absoluto. Después de aquello también cambié mi método de entrenamiento», recuerda.

La vida está hecha de altibajos. Fabio se aferra a este mantra: «No hay que olvidar que siempre se sale más fuerte de un fracaso que de una victoria, aunque sea lo que más duele.» Escuece, sí, pero no es el final. Un recordatorio que podría servirles a ese 30 % de participantes del UTMB 2025 que se vieron obligados a abandonar.

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