El buffet del km 30, la gasolinera y la merienda: los apodos que lo dicen todo sobre los avituallamientos

Dorian Vuillet
Por Dorian Vuillet

Publicado el jue, 10 de septiembre de 2026

Actualizado el jue, 10 de septiembre de 2026

El buffet del km 30, la gasolinera y la merienda: los apodos que lo dicen todo sobre los avituallamientos
© ASO

Al principio pasamos por ellos sin detenernos. Un vaso al vuelo, un bocado de naranja y a seguir. Pero cuantos más kilómetros se acumulan, más sagrados, casi místicos, se vuelven los avituallamientos. Lugares de supervivencia o abandono, de humanidad desnuda o estrategia cronometrada, cuentan otra cara de la carrera. Y como un simple «avituallamiento» no alcanza para describir todo lo que ocurre allí, los corredores les ponen apodos. Divertidos, tiernos, a veces crueles, dicen mucho de la relación íntima que mantenemos con esas mesas inestables cargadas de azúcar, sudor y decisiones absurdas. Un repaso a estos puntos de no retorno, rebautizados con el humor de unas piernas al límite.

El avituallamiento, un teatro al aire libre

Sobre el papel, un avituallamiento no parece gran cosa. Una mesa plegable, unos vasos de agua, fruta cortada sin demasiado cuidado y un puñado de voluntarios abrigados junto a unas cajas de plástico. Nada glamuroso. Nada heroico. Y, sin embargo, estos puntos de paso se han convertido en los verdaderos marcadores emocionales de las carreras largas. Lugares de inflexión donde todo puede venirse abajo… o volver a arrancar.

Es ahí, entre dos bocados de pan de especias y tres tragos de cola, donde nacen las historias. Cuando nos venimos abajo, abandonamos o volvemos a erguirnos. No es de extrañar que les pongamos apodos, los personifiquemos y hablemos de ellos como de viejos amigos o enemigos jurados. Porque un avituallamiento nunca es solo un avituallamiento. Es un momento. Y muchas veces, también un apodo.

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El buffet del km 30: banquete de gala, barra libre de desesperación

Todo el mundo lo conoce, aunque no lo haya vivido. El famoso «buffet del km 30», un apodo de culto que suele circular entre corredores que saben perfectamente lo que significa. El cuerpo empieza a protestar, las piernas pierden determinación y la cabeza empieza a jugar en contra. Y entonces, de pronto, al final de una recta interminable, aparece una mesa. Un grupo de corredores. Trozos de plátano por todas partes. Y ese olor dulce, reconfortante.

Algunos llegan con un plan: dos vasos, un dátil, un gel y a seguir. Otros lo ven como un refugio. Una pausa larga, la espalda encorvada, conversaciones improbables con un voluntario sobre el tiempo. Miradas perdidas, manos temblorosas. Corredores sentados en la acera como juerguistas a la salida de una discoteca.

Aquí, nada se parece ya a una carrera. El cronómetro espera, el sudor se pega y los rostros reflejan el esfuerzo. Y, aun así, en medio de ese discreto caos aparece cierta ternura. El buffet del km 30 es el comedor del esfuerzo. Uno se queda allí como se queda en la cocina a las tres de la madrugada. Un poco perdido, pero nunca solo.

La gasolinera: 20 segundos, ni uno más

Justo en el extremo opuesto está la famosa «gasolinera». Aquí ya no hablamos de humanidad. Esto va de mecánica, casi militar. El corredor no sonríe. Llega corriendo, apenas afloja, agarra un vaso sin levantar la mirada, vierte el contenido en su soft flask con un gesto preciso, se guarda un gel en el bolsillo y vuelve a ponerse en marcha.

Ni una palabra. Ni un gracias. Ni una miga detrás. La imagen es fría, pero fascinante. Este corredor vive la carrera como un piloto de Fórmula 1 cuando entra en boxes. Cada segundo cuenta. ¿Su avituallamiento? Una zona de transición. Apenas una respiración. No hay sitio para las emociones ni para los calambres.

Y, sin embargo, este pequeño apodo dice algo. Que a veces el avituallamiento se convierte simplemente en una casilla dentro de un plan. Una operación logística. Sin sabor, sin olor, sin calor. Solo combustible. Y el regusto de un deporte que se vive más en datos que en sensaciones.

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El bar de geles: alta gastronomía ultra del trail

En medias maratones, maratones y, sobre todo, carreras de larga distancia, es habitual encontrarse con los llamados «bares de geles». El apodo puede hacer sonreír, pero resume una realidad: algunos avituallamientos parecen los lineales de una tienda ecológica de lujo. Geles de cola con cafeína, compotas de manzana, pera y electrolitos, barritas energéticas veganas de boniato.

Los corredores llegan con sus preferencias, su protocolo nutricional y, a veces… sus críticas gastronómicas. «Al de frambuesa le falta un poco de intensidad» o «El de limón y jengibre entra bien, pero no conviene abusar», se puede escuchar en muchas carreras. Uno diría que está en un salón de degustación. Con una diferencia: los rostros están cubiertos de sal y las piernas lloran.

Pero en esta puesta en escena del sabor hay una forma de recuperar el control. De convertir ese momento de desconcierto en un instante preciso, casi elegante. Y cuando el bar de geles aparece en mitad de un puerto a 2.000 metros de altitud, el contraste resulta sublime.


El aperitivo del km 35: cuando todo cambia

Hay otro apodo que aparece a menudo, más discreto pero igual de evocador: «el aperitivo del km 35». Llega después del muro, cuando la lucidez empieza a escaparse y el cuerpo pide algo más que un plan de entrenamiento. Algunos bajan claramente el ritmo y se acomodan como quien vuelve a casa después de una dura jornada de trabajo. El tono de voz baja, los hombros caen. Parece una terraza cualquiera de un domingo por la tarde.

El avituallamiento se convierte entonces en una pausa existencial. Se habla con el corredor de al lado sobre abandonar. Se calcula si caminar hasta la meta sería realmente tan terrible. Se pide un poco de sal, un trozo de queso, una palabra amable. El aperitivo del km 35 es un espacio de transición. Una mesa de anfitriones para gente al límite. A veces uno se queda allí. Otras veces vuelve a ponerse en marcha, un poco borracho de soledad, un poco más humano.

© La Grande Course RATP du Grand Paris

La pausa de la merienda: bizcocho, mermelada y calcetines secos

La «pausa de la merienda» es un ritual desde hace muchos años. Un momento amable en mitad de un mundo hostil. En algunas carreras aparece en un refugio de montaña, en una escuela convertida en base de vida o bajo una carpa perdida en un valle. ¿El menú? Sopa caliente, bizcocho casero, pasta de almendras, chocolate, café templado y una manta térmica si hace falta.

El ambiente recuerda a la vuelta del colegio en invierno. Todo el mundo habla en voz baja. Las zapatillas están llenas de barro. Las sonrisas escasean, pero son sinceras. Algunos apoyan la cabeza sobre la mesa. Otros se cambian los calcetines en silencio. Aquí y allá, el cronómetro se derrite como una tableta de chocolate olvidada al sol. Y a nadie parece importarle.


El cementerio del km 90

Mención especial merecen los avituallamientos de las ultras de muy larga distancia, bautizados a menudo, con humor negro, como «el cementerio del km 90». El ambiente es más silencioso. Los rostros están demacrados. Las miradas, vacías. Algunos cuerpos yacen en el suelo. Las mantas suben hasta la barbilla. Uno se detiene allí, a veces para volver a salir. A veces no.

Es aquí donde se percibe toda la dimensión mental del deporte. Aquí se decide el abandono o el resurgir. Un voluntario ofrece un té. Otro apoya una mano en el hombro. Y, a lo lejos, vuelve a encenderse un frontal.

Detrás de cada apodo de un avituallamiento se esconde una forma distinta de contar la carrera. Estas expresiones, que se oyen en los senderos, en la meta o en las crónicas, traducen una verdad sencilla: el deporte, en el fondo, no se vive solo en tiempos y kilómetros. Se vive en instantes. En pequeñas escenas. En recuerdos. El buffet del km 30, la gasolinera, la pausa de la merienda… todos esos nombres son guiños tiernos a esos lugares de inflexión. Allí donde la fatiga estalla, el ego se derrite y se forjan vínculos.