Hacer de animador en un maratón, una misión ingrata

MP
Por Marie Paturel

Publicado el jue, 10 de septiembre de 2026

Actualizado el jue, 10 de septiembre de 2026

Hacer de animador en un maratón, una misión ingrata
© Azur Sport Organisation

Creyó que se apuntaba a algo inocente. Solo quería hacerte un favor y saciar su curiosidad, porque llevas años hablando de tus carreras y del ambientazo que se respira en estos eventos. Claro que tú te tomaste la invitación al pie de la letra y le dijiste que fuera a animarte durante el recorrido. El pobre todavía tiene pesadillas todas las noches.

Prólogo: Donde nace el drama

– No, yo paso de cerveza, el domingo tengo maratón.

– ¿Otra vez? ¿No te cansas de estas carreras? ¡Al final voy a tener que ir a verte, para comprobar que de verdad corres!

– ¡Hecho! ¡Te espero en la salida, durante el recorrido y en la meta! Ya verás, habrá un ambientazo, te lo vas a pasar en grande.

– ¡Venga!

Y ya está. El daño está hecho. Tu amigo, que no es deportista ni por asomo, se ve metido en una aventura de la que no sabe nada. Y se puede decir que no va a quedar decepcionado.


Capítulo 1: Un despertar que duele

Pues sí, las carreras oficiales están llenas de obligaciones. Nada de quedarse roncando hasta las once de la mañana del domingo. El despertador suena con violencia a las seis porque hay que calcular el tiempo de desplazamiento, la multitud, orientarse en el enorme tinglado de un maratón popular y la búsqueda interminable del amigo corredor, al que ya empieza a odiar. Pero una promesa es una promesa, así que toca abandonar el calor de la cama, tragarse un espresso triple que le revuelve el estómago y salir disparado hacia la zona de la carrera.


Capítulo 2: La salida

Los dos amigos por fin se encuentran después de una búsqueda penosa y a tientas entre miles de participantes nerviosos y acompañantes bastante perdidos. El maratoniano está en modo «campeón», disfrutando a tope de ese día tan esperado y de la presencia de su amigo providencial. Le encasqueta la ropa cuando termina de calentar, porque dejarla en el guardarropa es demasiado esfuerzo, le pone en las manos un flask de bebida energética y tres geles de sabor cola, y quedan en verse en el tercer avituallamiento (el más importante a sus ojos).

En ese momento, el animador-guardarropa empieza a pensar que se ha metido en algo que lo supera por completo.

Lo peor es que el corredor lo deja allí plantado de repente, alegando que tiene que ir a colocarse en su cajón de salida.

¿El cajón? ¿Qué cajón…?


Capítulo 3: El avituallamiento

Con un tímpano menos después de asistir a la salida, el animador se lanza en busca del famoso tercer avituallamiento. Pregunta aquí y allá, ligeramente alterado, porque no sabe a qué hora pasará su amigo por el punto indicado. ¿A qué ritmo corre un tipo medio entrenado?

Por fin encuentra el avituallamiento, donde ya se agolpa un montón de gente que parece estar pasándoselo estupendamente. El animador novato, en cambio, está para el arrastre. Ha caminado miles de kilómetros para llegar, ha esperado, el disparo de salida le ha reventado los tímpanos y ahora le toca volver a hacer tiempo.

A su alrededor hay gente que ha preparado pancartas, que se ríe y que espera impaciente a su corredor. Él, animador por un día, solo por uno, lo jura, no sabe muy bien qué hacer. Así que se queda plantado. Una eternidad.

Parece que ya han pasado todos los corredores del universo, de tan despacio que transcurre el tiempo. Su amigo no aparece. ¿Y si se lo ha perdido?

El animador tiene calor, hambre y los pies doloridos de tanto estar de pie. ¿Y si se bebiera la botella de bebida energética y se tomara un gel?

No hay tiempo para dudar: por fin llega el amigo. Le arranca el flask de las manos al animador, refunfuña porque le cuesta encontrar los geles y vuelve a salir disparado. Cuatro segundos. El tipo ha dedicado cuatro segundos a ese avituallamiento vital. Y, sobre todo, a su animador, que se queda allí con cara de pasmado, entre atónito y profundamente frustrado.


Capítulo 4: La foto de meta

Si sus cálculos son correctos, qué mala suerte tener tan malas matemáticas, ha visto pasar a su amigo en el ecuador de la carrera. Por el tiempo que ha esperado, debería ir sobrado para colocarse y hacerle la foto justo antes de la meta, tal como le habían pedido. Se dirige hacia la línea, aunque algo inquieto, porque ya no está muy seguro de cuál es la distancia exacta de un maratón ni del tiempo del que dispone. Además, en este maldito maratón se respira una especie de adrenalina colectiva que se le contagia por completo. En resumen, está estresado.

Camina unos cuantos kilómetros más, con los pies hechos polvo por culpa de los mocasines nuevos, y por fin llega a la zona de meta. Está abarrotada, claro. La gente se aprieta contra las vallas, se abre paso a codazos y se cuela hasta la primera fila. También huele un poco a sudor.

El animador se abre paso como puede hasta la valla metálica, que le corta la barriga al instante.

Espera.

Otra eternidad.

Empieza a aburrirse y a contar finishers como quien cuenta ovejas cuando, de repente, su amigo aparece en el horizonte. No ofrece precisamente un aspecto glorioso: un hilo de baba le dibuja una coma blanca en la barbilla, tiene los ojos desorbitados, la camiseta empapada de sudor y hace una mueca de dolor terrible. Evidentemente, no lo ha visto.

Clic, clac. ¡Foto hecha!

El animador echa un vistazo al enorme crono sobre la línea de meta: 4 h 32. No tiene ni idea, pero le da la impresión de que no hay mucho de lo que presumir.


Capítulo 5: La ausencia de gratitud

El animador sale de la multitud y consigue reunirse con su amigo, ese campeón autoproclamado que presume en las fiestas, pero que no se muestra tan gallito después de agonizar durante 42 kilómetros. En tres palabras: está derrotado.

– «¿Qué tal, estás bien?»

El animador no sabe que hay ciertas frases asesinas que deben evitarse a toda costa. Lleva horas cargando con la ropa limpia y el gel de cola superviviente del tercer avituallamiento, con una sonrisa de circunstancias y un tono alegre para complacer a su amigo. Como respuesta, recibe una mirada asesina. Debe de haber dicho alguna barbaridad, pero no entiende cuál.
Pasa un ángel, ¿o un demonio?, y entonces una voz inocente, ¿de verdad?, le dice:

– «¿No quieres ir a buscarme agua y recoger el coche del aparcamiento?»

Lección de la historia: que a ti te encante correr y disfrutes como un loco en una carrera no significa que tus amigos vayan a compartir tu entusiasmo. Un buen consejo si quieres conservarlos: déjalos dormir el domingo y apáñatelas solo, salvo que seas capaz de mostrar gratitud en cualquier circunstancia.