¿Y si empezar a correr tarde fuera la mejor manera de durar?
Empezaron a correr después de los 40, los 50 o incluso los 70 años. Lejos de la lógica del rendimiento puro, estos corredores tardíos redefinen su relación con el esfuerzo, el cuerpo y el paso del tiempo. Otra manera de envejecer, en movimiento.
✓ Análisis con el médico del deporte y experto de La Clinique du Coureur, Yann Schmitt.
¿Quién habría imaginado por un segundo que podía descubrir un talento innato para correr a los 40 años? Nadie y, sin embargo, Nathalie Mauclair es una de esas personas. El día de su cumpleaños corrió su primer maratón. No en 5 h, como lo habría hecho una debutante en la distancia, sino como una corredora experimentada. 2:54 h: esa fue su primera marca en maratón. Hoy, a sus 55 años, es una reina del ultra trail y se ha pasado también al triatlón, aunque mantiene la carrera a pie en sus entrenamientos.
Está claro que no todo el mundo ha tenido el mismo destino que la gran Nathalie, catapultada a la carrera a pie en una etapa tardía de su vida. Pero, más allá de los éxitos, el impacto de correr está en otra parte para estas personas de cuarenta y tantos con una vida ya asentada. Son muchos los que se calzaron las zapatillas tarde, impulsados por razones muy distintas. Algunos incluso demuestran una longevidad impresionante y siguen participando en maratones a una edad avanzada. ¿Cuál es el secreto de estos atletas máster en plena forma? Entran en juego varios factores, entre ellos quizá haber empezado tarde. Una cosa está clara: no hay edad para empezar y, sobre todo, para continuar.
El clic tardío del running
«Sucedió cuando ya tenía mi trabajo, mi casa, mi marido, mis hijos… Estaba a punto de tener tiempo para no hacer nada», recuerda Nathalie Mauclair en el pódcast Athlètes Mondiaux, al hablar de sus comienzos en la carrera a pie, a los 40 años. La corredora de trail no es la única que empezó en un momento de la vida en el que todo parece estar en su sitio, pero en el que casi falta algo. Los hijos crecen, ganan autonomía y dejan espacio. Un tiempo que hay que reinventar.
A veces, el impulso llega incluso desde donde menos se espera. A fuerza de acompañar a sus hijos a los entrenamientos de atletismo, Marie Hanriot se dejó llevar por la carrera. «Mi hijo me dijo: “Ven a hacer la vuelta a la calma conmigo”», recuerda. Después, su entrenador me acogió bajo su tutela y me preparó planes de entrenamiento.» Alix Revenu, de 80 años, también descubrió por casualidad el placer de correr, a los 40: «Estaba en Las Landas. Por la mañana, mi marido salía a correr. Fui con él. Fue una revelación. El olor de los pinos, él corriendo tranquilamente a mi lado. Al día siguiente le dije: “Repetimos”.» Integró fácilmente esta práctica en su día a día: «Cuando vivíamos en París, salíamos a correr a las 6 h. Mi marido trabajaba. Yo también tenía a los niños. Íbamos por las Tullerías y, cuando estaba sola, llegaba incluso hasta Pantin y más allá.»
Otros dan el paso movidos por el deseo de transmitir. «Quería compartirlo con mis hijos», cuenta Julie Lajeunesse, que empezó a correr después de los 30 y recientemente batió su marca personal, a los 45 años. Y la admiración que Michael Bettocchi ve en los ojos de su hijo de tres años cuando cruza una línea de meta no tiene precio. Después de acompañar a su padre en las carreras, el pequeño también tiene derecho a su momento de gloria. «En La Marlienne había una carrera para los más pequeños. Era una vuelta a la pista y la hizo, cuenta este padre feliz. Pase lo que pase, le apetecerá hacer deporte.» En estas trayectorias se cruzan varios detonantes: un contexto vital más estable, la influencia familiar, las ganas de compartir y una atención renovada al cuerpo. «Los atletas máster suelen ser personas asentadas. Tienen su puesto de trabajo, algo estable», resume Yann Schmitt, médico del deporte y ultratrail runner.Los niños tienen 8 años, pueden dejarlos en casa o ir en bicicleta a su lado mientras corren.»
Una práctica más sostenible
«Las personas que empiezan a correr a los 40 no lo hacen de la misma manera que a los 20», afirma el doctor, experto en running. Con la edad, la economía de carrera, es decir, la cantidad de energía que un corredor gasta para correr a una velocidad determinada, tiende a evolucionar. Según Schmitt: «Tienen más experiencia, corren con más madurez y gestionan el ritmo de forma más meditada.» Incluso con un objetivo en el horizonte, la mayoría de los principiantes de más edad escucha más a su cuerpo. Dos años antes del Maratón de París 2026, Michael Bettocchi consiguió un dorsal para la prueba. Una idea que puede parecer una locura si tenemos en cuenta que por entonces sufría obesidad mórbida. Sin embargo, nunca dejó de avanzar a su ritmo. «Estaba esa parte de “venga, te apuntas y llegas hasta el final”, pero también la de no hacerte polvo ni lesionarte», cuenta.
En general, los adultos tienen menos prisa. Son pacientes y mejoran de forma progresiva. Sin presión: solo sensaciones, sin dejar de atender las señales que envía el cuerpo. La primera vez que Alix Revenu corrió ya había apuntado alto cuando le dijo a su marido: «Espera, voy contigo. Corro 15 o 20 minutos». No todo el mundo adopta ese enfoque: para otros, caminar es la primera opción. Koichi Kitabatake, de 92 años, recuerda sus primeras salidas, 20 años atrás: «Al principio solo podía caminar. Pero enseguida comprobé que trotar era más fácil que caminar rápido.»
El componente social también desempeña un papel clave en la regularidad. Quienes empezaron gracias a sus compañeros de trabajo o a sus amigos disfrutan además de compartir una actividad de otra manera. «Sigo a atletas que llevan 30 años corriendo, pero por pasión. Su idea es correr durante la semana para preparar la salida del fin de semana que hacen con los amigos», observa Yann Schmitt. Cuando se empieza a correr, cada paso cuenta, especialmente después de los 40. El rendimiento es secundario y, aunque sea un motor para algunas atletas, como Marie, que se volvió dependiente de esta actividad durante sus primeros años, o Alix, que encadenó maratones sin obsesionarse, se aborda de otra manera. «Es más adelante cuando se oye a la gente decir: “Cuidado, no quiero correr demasiado porque tengo que proteger mi fase de recuperación”», explica el especialista.
Desde el punto de vista físico, cuanto más envejecemos, más recuperación necesitamos. «Una persona joven puede encadenar carreras más intensas y más próximas entre sí. Después de una sesión exigente, alguien de más edad quizá tarde un poco más en recuperar. Ahí es donde hay que estar atentos, ante la aparición de lesiones», prosigue el profesional sanitario. Cuando son más jóvenes, los atletas se cuidan menos, sobre todo cuando hay objetivos de rendimiento. «Uno de mis hijos fue campeón de Francia de 1500 m. Estaba trotando, oyeron un “crac” y tenía una fractura», cuenta Marie, consciente de la trayectoria de sus hijos, que acabaron siendo más bien corredores de domingo. Aun así, es preferible a dejar por completo el deporte, como les ocurre a muchos antiguos federados que, después de priorizar la intensidad, terminan abandonando. En la edad adulta, el enfoque es por tanto más sensato. Pero ¿permite realmente durar?
De la longevidad de una persona joven que corre por ocio no tengo demasiadas dudas.
Mantenerse en carrera
«Sobre todo quiero llegar en buenas condiciones», confiesa Alix Revenu antes de tomar la salida de su 45.º maratón, con motivo de su 80.º cumpleaños, después de diez años apartada de la carrera a pie. Pudo marcarse ese objetivo porque todavía tiene la capacidad física para afrontarlo. No todo el mundo está en esa situación, incluido su marido, que ya no puede permitirse ni siquiera salir a trotar junto al mar, en Cascais, donde la pareja se instaló hace diez años.
Envejecer no significa necesariamente renunciar al rendimiento, sino redefinirlo. «Algunos ya no miran el crono, pero sí la clasificación por categorías y se sienten muy orgullosos de decir: “Fui la primera mujer máster”». Otros se plantean retos distintos al resultado, con pensamientos como: «Quiero correr mi maratón a los 60 años», explica Schmitt. Sin anticipar necesariamente el esfuerzo que tendrán que hacer para conseguirlo, proyectan sus objetivos sobre otros referentes. Para su 36.º maratón, Koichi Kitabatake solo quería «disfrutar del ambiente», feliz ya de poder recorrer 42,195 km a los 92 años.
Algunos siguen muy activos en su club de atletismo, como el veterano Rodrigues Diamantino, de 82 años. Él es más bien un corredor de asfalto, aficionado a los 10 km, que empezó a correr a los 58. «Cuando dejé de beber», precisa antes de añadir con una sonrisa: «No me arrepiento, porque cuando veo a algunos que ya no se tienen en pie porque corren desde jóvenes…» Sus palabras invitan a preguntarse: ¿correr desde joven perjudica la salud? El doctor Schmitt matiza: correr mal, seguramente. Pero «de la longevidad de una persona joven que corre por ocio no tengo demasiadas dudas». No hay ningún peligro en correr mientras envejecemos, más bien al contrario. Los beneficios son múltiples: mejora cardiovascular, reducción del riesgo de hipertensión, infarto, ciertos tipos de cáncer y recaídas, mejor función cognitiva, mantenimiento articular y muscular y una mejor calidad ósea. Sin olvidar el sueño y el bienestar general. Por eso Diamantino entrena entre tres y cuatro veces por semana: «Al empezar tarde me di cuenta de que, en términos de salud y de forma física, compensa.»
La clave, a cualquier edad: adaptar la práctica, reducir la carga si es necesario y priorizar la regularidad. «Prefiero que corras un cuarto de hora todos los días antes que una única salida larga el domingo que te destroce las rodillas. Al final, en el volumen semanal sales ganando y proteges tu salud», analiza Schmitt, que insiste en el trabajo de fuerza, indispensable para practicar running, «sobre todo a estas edades, porque aparece una pérdida de masa muscular bastante rápida y la musculación ayuda a frenarla».
Empezar tarde a correr no garantiza en absoluto la longevidad. Pero correr escuchando al cuerpo, sí. Quizá sea la única manera de correr toda una vida y seguir envejeciendo bien, especialmente cuando se alcanza una edad avanzada. «Quienes hacen actividad física envejecen de una forma completamente distinta a quienes no la hacen», concluye el doctor Schmitt.
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