El maratón como herramienta diplomática: cuando correr acerca culturas

El maratón como herramienta diplomática: cuando correr acerca culturas

Dorian Vuillet
Por Dorian Vuillet

Publicado el mié, 9 de septiembre de 2026

Actualizado el mié, 9 de septiembre de 2026

No hacen falta pasaportes ni discursos pomposos para estrechar lazos entre pueblos. A veces basta con compartir una salida, 42 kilómetros de sufrimiento y una buena dosis de sudor. En todo el mundo, el maratón se ha convertido en un embajador de lo más peculiar, capaz de unir allí donde fracasan las cumbres diplomáticas. ¿Y si correr juntos fuera ya una forma de empezar a entenderse?

En un mundo donde las cumbres internacionales a veces parecen un concurso de egos, existe otra forma de diálogo, mucho más sencilla y humana: la de la zancada. Lejos de los discursos ensayados y los apretones de manos calculados, algunos maratones, sin hacer demasiado ruido, desempeñan un papel que muchas embajadas querrían para sí. El de crear vínculos. El de tender puentes. El de traducir en silencio entre culturas que, sobre el papel, no tienen nada que decirse. Ya se sabe: a veces unas zapatillas hacen más trabajo que un traje y una corbata.

Un esfuerzo común, un lenguaje universal

Hay algo profundamente igualitario en correr. No hace falta hablar el mismo idioma para saber que 42,195 km son muchos kilómetros. Muchísimos. El maratón no tiene acento ni fronteras. Solo una línea de salida, una meta y, entre ambas, un buen calvario que se comparte con desconocidos llegados de todos los rincones del planeta.

© Más de 150 nacionalidades corren en el Maratón de Nueva York © Scott McDermott

Pensemos en Nueva York. Su maratón reúne cada año a más de 50.000 corredores de casi 150 países. Principiantes, profesionales, anónimos y estrellas. Gente que jamás se habría cruzado en otro lugar y que allí suda junta por las calles de Brooklyn o Central Park. Una fraternidad efímera, sí, pero real. Un momento suspendido en el que las diferencias se desdibujan bajo el esfuerzo colectivo.

Correr por la paz: carreras cargadas de simbolismo

Algunos maratones van más allá del simple hecho de reunir a la gente. Están concebidos como mensajes. Llamamientos a la unidad en contextos tensos, incluso explosivos. En Jerusalén, por ejemplo, el maratón atraviesa tanto la ciudad nueva como los barrios palestinos de Jerusalén Este. Un recorrido israelí polémico, sin duda, pero también una forma de reunir, aunque solo sea por un instante, a poblaciones con realidades radicalmente distintas. Algo parecido ocurre en Beirut: en la capital libanesa, la carrera nació como respuesta a la guerra de 2006. ¿El objetivo? Demostrar que el Líbano, pese a sus fracturas políticas y religiosas, puede avanzar unido. No siempre sale perfecto, pero ya es un paso, o más bien unos cuantos miles.

© Sportphotgraphy

Y luego está Pionyang, en Corea del Norte. Uno de los maratones más herméticos del mundo, en uno de los países más herméticos del planeta. Aun así, este año se permitió la participación de algunos corredores extranjeros. Una forma de que el régimen se abriera simbólicamente, aunque fuera un poco, al mundo. Y para los participantes, una oportunidad única de descubrir la sociedad norcoreana más allá de los inquietantes documentales de Arte.

Un terreno neutral y abierto a todos

El maratón también tiene ese poder casi mágico de crear un espacio neutral. No hace falta pertenecer a una nación, una religión o una ideología para colocarse en la línea de salida. Basta con tener el valor de inscribirse, entrenar un poco y estar dispuesto a pasarlo mal durante mucho tiempo. Ahí reside su belleza: todos parten en igualdad de condiciones. En Tokio, París, Londres o Chicago, se repiten las mismas escenas: chocar las manos con desconocidos, gritar «let’s go» con el acento del otro extremo del mundo y darse palmadas en la espalda entre corredores con camisetas radicalmente distintas.

© En el Maratón de París, franceses y extranjeros se apoyan a lo largo del recorrido © ASO

Y fuera de la propia carrera, los maratones también son lugares de intercambio cultural. En las fan zones, los puestos y las zonas de exposición se habla de comida, música, tradiciones y entrenamientos. Se descubre al otro sin siquiera proponérselo. Todo ello alrededor de un gel energético con sabor a plátano químico.

Cuando la geopolítica se cuela en el recorrido

Tampoco hay que pecar de ingenuos: a veces, los Estados utilizan estos maratones como herramientas de poder blando. El maratón de Dubái, por ejemplo, es una buena forma de que los Emiratos exhiban su modernidad y apertura. El de Pekín está concebido como un escaparate deportivo de China, donde cada detalle se controla al milímetro. Pero incluso allí, bajo la capa de comunicación institucional, surgen interacciones humanas. Y quizá eso sea lo más importante: lo que escapa al control, lo que nace espontáneamente entre los participantes.

¿Correr juntos, pensar juntos?

No, un maratón no va a resolver un conflicto internacional ni a firmar un tratado de paz. Pero puede contribuir a algo más difuso, más íntimo: al entendimiento mutuo. Al respeto. Quizá también a las ganas de mirar al otro de otra manera. Porque cuando corres junto a alguien durante cuatro horas, sufres con esa persona, os animáis y hasta os reís en medio del dolor, ya no puedes reducirla a su país, su religión o sus opiniones. Se convierte, sencillamente, en otro ser humano que lucha, como tú, por cruzar la línea de meta. Y quizá ese sea el principio de algo.

Sí, suena un poco idealista. Pero en un mundo que corre desbocado en todas direcciones, reconforta pensar que un simple dorsal puede valer a veces más que un largo discurso. Y entre dos naciones que se ignoran, compartir una zancada ya es un pequeño paso en la dirección correcta.

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