Emil Zátopek, un duro de pelar

Emil Zátopek, un duro de pelar

CP
Por Charles-Emmanuel Pean

Publicado el mié, 9 de septiembre de 2026

Actualizado el mié, 9 de septiembre de 2026

El corredor checo Emil Zátopek sigue considerado hoy uno de los grandes deportistas del siglo XX. La historia del atleta nacido en Kopřivnice, en la antigua Checoslovaquia, es tan compleja como la de su país. Repasamos la vida de la “locomotora checa”, como le apodaban. Un sobrenombre que le venía como anillo al dedo.

El 27 de julio de 1952, el Estadio Olímpico de Helsinki recibe a un héroe. Por tercera vez en pocos días, Emil Zátopek ha dejado atrás a todos sus rivales. Esta vez levanta los brazos al cielo tras imponerse en la prueba más grande de todas. Parece casi fácil. Tercera medalla de oro en aquellos Juegos Olímpicos para Zátopek, que firma una de las mayores hazañas de la historia del deporte moderno. Apenas unos días antes había pasado por encima de sus rivales en los 5.000 y los 10.000 metros, sus especialidades. Porque sí: Emil Zátopek nunca había corrido un maratón en una competición oficial antes de aquellos Juegos de Helsinki. Cuesta creerlo. Y ese día, además, firma el récord olímpico… Un gigante. Tres medallas de oro, tres récords olímpicos pulverizados. Ningún atleta volvería a dominar unos Juegos transmitiendo una sensación de invulnerabilidad semejante, pese a una técnica de carrera que a menudo era objeto de burlas. Su estilo laborioso no era el más elegante sobre la pista. Nada hacía presagiar que aquel hijo de un carpintero moravo entraría en la leyenda. Repasamos la vida y el legado de este deportista de enorme corazón, cuya voluntad y resistencia parecían no tener límites.

Una infancia sencilla…

… Sencilla, pero dura. Probablemente fue también en ese contexto donde Zátopek forjó una voluntad de hierro. El 19 de septiembre de 1922, en Kopřivnice, Moravia, František Zátopek recibe a su sexto hijo, Emil. Nadie podía imaginar que aquel niño enclenque se convertiría en el hombre más resistente del planeta. La familia Zátopek vive cerca de la fábrica de Tatra, donde su padre trabaja sin descanso. Cuenta la leyenda que Emil ya corría 4 km diarios con cinco años para traer la leche de la granja vecina. En 1931, la crisis económica golpea al país y a la familia de Emil. Con nueve años, el pequeño tiene que trabajar antes de ir a la escuela. A los 16 entra en la fábrica de calzado Bata. Su rutina: 12 horas de trabajo y una extraña costumbre que intriga a sus compañeros: correr descalzo por el patio durante la pausa. Comienza la Segunda Guerra Mundial y Checoslovaquia es anexionada por la Alemania nazi. En medio de aquellas desgracias, Emil Zátopek tiene suerte. En 1944 se libra por poco de los trabajos forzados. El ejército checoslovaco en el exilio necesita deportistas para su propaganda. Emil, con 22 años, se incorpora al batallón de educación física en Praga. Su vida cambia cuando un oficial le regala un par de auténticas zapatillas deportivas. «Por primera vez sentí que mis pies podían volar». En 1945 termina la guerra y Praga es liberada. Zátopek es destinado a Stará Boleslav. Allí, en los bosques que rodean el cuartel, perfeccionará sus métodos. También conocerá a una lanzadora de jabalina llamada Dana, que se convertirá en su esposa, su entrenadora y la guardiana de su leyenda.


Una máquina de batir récords

Las cifras marean: 18 récords mundiales y 38 victorias consecutivas en 10.000 m, su especialidad. Pero detrás de las estadísticas se esconde una verdad más cruda: una capacidad para sufrir que escapa a toda comprensión. Así llegó a los Juegos de Helsinki de 1952 con una enfermedad pulmonar. Y escribió en sus cuadernos: «Dolor en el costado derecho. Esputos con sangre. El médico dice neumonía. Solución: correr más rápido para acabar antes…» La locomotora checa estaba forjada en acero. El 27 de julio de 1952, durante su legendario maratón, la temperatura alcanza los 32 °C. El británico Jim Peters, favorito, se viene abajo a 5 km de la meta. Zátopek, en cambio, acelera. «Vi a corredores detenerse para vomitar. Entonces pensé: si ellos se paran, yo tengo que correr más rápido». Termina en 2 h 23 min 03 s, nuevo récord olímpico.

La lista oficial de sus récords marea:

30.000 m : 1 h 35 min 23 s 8 (1952), récord mundial durante 7 años
10.000 m : 28 min 54 s 2 (1954), solo se batió 6 años después
20.000 m : 59 min 51 s 8 (1951), primer hombre por debajo de la mítica barrera de la hora
Una hora : 20.052 m (1951), marca que se mantuvo durante 13 años


Un adelantado a su tiempo en los métodos de entrenamiento

Resultados así tienen que nacer en algún lugar. De su historia de hombre duro, sin duda, pero también de su metodología y su inventiva. ¿Sus métodos? Sesiones de 100 x 400 m en la nieve, correr en apnea durante 200 metros para aumentar la capacidad pulmonar, carreras con peso y noches enteras saltando a la comba en su habitación. Más allá de los métodos, estamos ante un trabajador incansable, quizá el precursor de todos los atletas modernos capaces de asimilar grandes volúmenes de entrenamiento. Un auténtico estajanovista. Su viuda, Dana, hizo públicos algunos apuntes de los cuadernos de entrenamiento de Emil, muy metódico para su época. Este es un ejemplo revelador:

«Lunes: 100 x 400 m (75 s) con 100 m caminando
Martes: 20 km por el bosque con una bolsa de arena (5 kg)
Miércoles: carrera en apnea (200 m x 10)
Jueves: repeticiones en cuesta con botas militares»


Mimoun-Zátopek: un duelo entre hermanos

La historia podría haberlos convertido en enemigos. El francés Alain Mimoun frente al checoslovaco Zátopek, el trabajador incansable. Muchas cosas los separaban. Salvo lo esencial: el amor por correr y el profundo respeto por la persona que había detrás del deportista. Se conocieron en los Juegos de Londres de 1948. Mimoun, teniente del ejército francés, diría de él: «¿Zátopek? Parece un tipo que huye del infierno. A mí me gusta correr. Él corre como si estuviera salvando el pellejo». Derrotado en 1952 (en el vídeo de los 5.000 metros de arriba), Mimoun se tomaría la revancha en 1956, en los Juegos de Melbourne. Esta vez es Zátopek, debilitado por una hernia, quien aconseja a Mimoun: «Ataca en el kilómetro 30, el viento cambiará». El francés sigue el plan al pie de la letra y se lleva el oro. En la meta, Zátopek, sexto, es el primero en abrazarlo. «Esta medalla también es tuya», le dirá Mimoun. Su correspondencia, conservada en el Museo Olímpico de Lausana después de que el Comité Olímpico Checo la diera a conocer en 2018, se prolonga durante casi 40 años, de 1948 a 1982, y da fe de una amistad profunda. Más allá de las naciones y las banderas. Más allá de la diferencia entre un francés nacido en Argelia y un checoslovaco. La amistad de dos hombres bajo el mismo cielo, el de quienes viven enfrentados a la historia de sus países. Aquellas cartas conmovedoras reflejan una época: «Querido Alain, aquí todo es gris. Sigo corriendo, pero ahora en mi sótano». (Una semana después de la invasión soviética, en agosto de 1968). Para terminar, nos quedamos con esta, fechada en marzo de 1975, de una sencillez y un humanismo extraordinarios: «Tienes razón, la política pasa, la amistad permanece. Tu hermano Emil».


Un héroe destrozado por la historia

1968. Primavera de Praga. Zátopek, por entonces coronel, reparte octavillas contra la ocupación soviética. La represión es feroz. Degradado a simple obrero, pasa sus días perforando pozos en Eslovaquia. «Me dieron un pico y un cubo. Cavaba hasta que me sangraban las manos». Peor aún: vetado de los estadios tras reconvertirse en periodista, tiene que firmar sus crónicas deportivas con seudónimo. En 1975, el régimen le ofrece rehabilitarlo… si firma una retractación. Orgulloso, se niega. No recuperará su rango hasta 1989, después de la Revolución de Terciopelo. Pero un cáncer devastador le corroe los pulmones. Cuando muere, el 22 de noviembre de 2000, miles de checos desfilan con zapatillas colgadas del cuello. Un último homenaje al hombre que corrió contra los tiranos. Hoy, en Praga, una estatua lo muestra haciendo una mueca de esfuerzo.


Zátopek no pertenece a ningún régimen político. Es nuestro hermano en la lucha.

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