Clément Gass, corredor ciego y plusmarquista mundial: «El maratón se puede correr todos los días después de desayunar»
Publicado el jue, 10 de septiembre de 2026
Actualizado el jue, 10 de septiembre de 2026
Ciego de nacimiento, ingeniero estadístico, corredor de trail, maratoniano y plusmarquista mundial corriendo en solitario… Clément Gass ha creado su propio GPS por voz para correr sin guía. Del GR20 a los 20 km de París, el alsaciano recorre sus propios caminos como una «geografía viva», con una filosofía sencilla: superar sus límites sin perder nunca el placer.
El próximo 12 de octubre, los 20 km de París recibirán a un participante atípico y temible. Un corredor con discapacidad visual, pero sobrado de audacia, con quien Marathons.com pudo conversar durante casi una hora y veinte minutos en un intercambio a medio camino entre el testimonio deportivo, el relato vital y la reflexión filosófica. Porque Clément Gass nunca ha esperado a que los senderos estuvieran señalizados para él. Ingeniero de formación e inventor apasionado, este alsaciano ha convertido su discapacidad visual en un campo de experimentación. Gracias a su GPS por voz, corre solo y con total autonomía, desde el maratón hasta las largas travesías de montaña. Plusmarquista mundial de maratón en solitario, este vecino de Lutzelhouse, en el Bajo Rin, también se ha enfrentado a algunos de los terrenos más exigentes, del GR20 a las empinadas laderas de los Vosgos, siempre decidido a llegar allí donde nadie le espera. A lo largo de su trayectoria, aquel niño de Schaffhouse-sur-Zorn, también en el Bajo Rin, no se ha limitado a superar sus propios límites e iniciar a otras personas ciegas en el trail. También ha desarrollado herramientas de movilidad con la asociación Vue du Cœur y ha compartido una filosofía en la que la discapacidad nunca borra la libertad de elegir. En esta entrevista, el atleta todoterreno de 38 años habla de sus pequeños sustos al salirse del camino, de sus grandes alegrías como corredor, de sus convicciones como ingeniero manitas y de su intacto gusto por la discreción, lejos de los focos. Una conversación con un corredor que desmonta ideas preconcebidas y convierte cada zancada en una conquista de libertad.
Empezó a correr a los 12 años, en su Alsacia natal. ¿Qué recuerdo especial conserva de aquellas primeras zancadas? ¿Y de su primera competición?
Empecé a correr para desplazarme. Para una persona ciega, moverse de otra manera es difícil. Correr es simplemente caminar más rápido: permite llegar más lejos con el mismo medio de locomoción. Mi primer recuerdo es correr detrás de mi hermano en el supermercado. Mientras nuestros padres hacían la compra, nos aburríamos, así que dábamos vueltas por los pasillos, siempre siguiendo el mismo recorrido. De tanto acelerar, me estampé contra una columna. Mi reacción de niño fue pensar: «¡Pero si antes no estaba ahí!». Podría haberme traumatizado, pero, al contrario, aquello me enseñó a construir mapas mentales precisos de todos los entornos que frecuento. Las verdaderas carreras oficiales llegaron mucho más tarde, después de los 20 años, quizá incluso de los 25. Ya había participado en pequeñas pruebas locales, como los 5 km de Châteaux d’Ottrott. En aquella época no siempre podía pagar la inscripción, así que a veces mis amigos estudiantes y yo corríamos entre la multitud sin dorsal y nos cronometrábamos por nuestra cuenta.
De niño ya hacías excursiones solo, únicamente con tu bastón. ¿Cómo forjaron esas experiencias tu propiocepción y tu confianza?
Fue algo muy progresivo. No se le puede pedir a una persona ciega que empiece a correr sola de un día para otro. Primero se camina, luego se acelera el paso y después se trota, siempre en terrenos llanos y seguros: estadios, césped, campos de fútbol. Después llegan las carreteras tranquilas y los caminos rurales anchos. Y poco a poco se incorporan la hierba, las raíces, el bosque, el desnivel, las rocas… Son años de práctica.
Comparas correr con pasar de la bicicleta al coche en términos de libertad. ¿Puedes explicarlo?
Correr es el único medio de locomoción que puedo utilizar sin depender de nadie. No necesito permiso, ni conductor, ni ajustarme a unos horarios. Puedo salir a cualquier hora. En 10 kilómetros, pasar de caminar a 4 km/h a correr a 10 km/h supone una diferencia de tiempo enorme. La relación es comparable a la que existe entre la bicicleta y el coche.
«En la naturaleza, nadie está ahí para recordarme que soy ciego.»
Correr solo, sin guía, te proporciona una libertad especial. ¿Qué cambia para ti?
Empecé sin guía, en terrenos conocidos. Los guías solo intervenían en las competiciones o en los entrenamientos rápidos. Fuera de eso, siempre he corrido mucho más solo. Sin guía, solo dependo de mi agenda, no de la de otra persona. También es una forma de olvidarme de mi discapacidad. En la naturaleza, nadie está ahí para recordarme que soy ciego. Los animales tampoco. Me temen igual que a cualquier persona vidente.
¿Por qué no te convencía el método clásico, con guía y cuerda?
No tengo nada en contra, pero limita la libertad. Correr solo es llevar el timón. Cuando estás unido a otra persona, el guía decide el trazado. Yo necesito dirigir mi carrera, como si construyera una especie de geografía viva en mi cabeza.
¿Tuviste miedo en tus primeras salidas completamente solo?
El miedo es constante, pero no es un miedo de pánico. Es estar siempre en máxima alerta. En cualquier momento puedo tropezar, salirme del camino o caer en un agujero. Mi bastón se anticipa, pero no cubre el cien por cien del terreno. Me salgo del camino con bastante frecuencia. Sencillamente, la diferencia entre el centro y el borde no siempre se percibe lo suficiente con el tacto. Con el bastón se aprecia mal el relieve y, a cierto ritmo, basta una décima de segundo para apoyar un pie fuera, luego el otro, y acabar completamente fuera de la trazada. En esos momentos, la única solución es reaccionar de inmediato. Si el pie izquierdo se va al vacío, el derecho lo seguirá enseguida. Hay que lanzarse hacia un lado y agarrarse con la mano a la parte estable. Por suerte, en los Vosgos las salidas del camino no terminan en acantilados de cincuenta metros. Son laderas empinadas e inestables, pero de tierra, así que normalmente uno puede recuperar el equilibrio.
En 2015 codiseñaste una aplicación GPS por voz adaptada a tus necesidades. ¿Cómo surgió la idea? Y, en la práctica, ¿cómo funciona en una carrera como los 20 km de París?
La idea original fue de un investigador. Había desarrollado una aplicación para senderismo. Le dije que todas las que había probado hasta entonces eran inútiles. Al final comprobé que su sistema era mejor que los demás, aunque todavía tenía carencias. Como soy ingeniero de formación, trabajamos juntos: él se encargó del código y yo de las ideas y la lógica del algoritmo. Poco a poco creamos un GPS por voz que combina GPS, brújula, giroscopio y los sensores del teléfono, lo que lo hace mucho más preciso. También se puede personalizar el recorrido: registrar un cambio de pendiente, un tronco o cualquier otro peligro detectado durante el reconocimiento. Así, la siguiente vez puedo correr con confianza: la voz me avisa del peligro antes de que me lo encuentre. Cada siete segundos, la síntesis de voz me indica la dirección y la distancia hasta el siguiente punto clave. Por ejemplo: «a la una, a 53 metros, gira a las dos». Gracias a la diferencia de distancia entre dos avisos sé a qué velocidad estoy corriendo. Es preciso y, sobre todo, adaptable, incluso cuando estás a pleno esfuerzo.
¿Tuviste algún incidente técnico, como el fallo de la brújula en tu primer trail de 27 km?
Sí, al principio había fallos. En aquel trail, al cabo de 12 km, las indicaciones empezaron a ser erróneas. Por suerte conocía el recorrido y había otros corredores. A veces tomé caminos equivocados, pero siempre conseguí volver a orientarme, gracias a los voluntarios o simplemente al oír a los speakers a lo lejos. El GPS sigue siendo una herramienta, pero siempre hay que saber salir adelante sin él.
«Ese tiempo, 4 h 04 en maratón, tenía un valor simbólico: demostrar que se puede correr solo, sin guía, y establecer una referencia oficial.»
Tienes el récord mundial de maratón en solitario para una persona ciega, con 4 h 04 en Cernay-La-Ville, en Yvelines. ¿Cómo viviste aquel momento?
Para mí no era un objetivo en sí mismo, sino una consecuencia. El récord me importa menos que el placer de salir a correr por el bosque o la montaña. Pero ese tiempo tenía un valor simbólico: demostrar que se puede correr solo, sin guía, y establecer una referencia oficial. Espero que anime a otras personas con discapacidad visual a intentarlo.
¿Ya imaginas las próximas innovaciones que podrían hacer la carrera aún más accesible para las personas ciegas?
Siempre se puede avanzar. Si los coches autónomos son capaces de orientarse con una precisión extrema a gran velocidad, ¿por qué no iba a poder hacerlo un corredor mañana? Queda la cuestión del coste: los teléfonos y las aplicaciones tienen que seguir siendo accesibles. Estaría dispuesto a colaborar en nuevos proyectos, pero no solo. Desarrollar una aplicación requiere un equipo de verdad. Y no todo se reduce a correr: en la lectura, por ejemplo, el reconocimiento de texto sigue siendo muy impreciso. Funciona bien con papel limpio y reciente, pero en cuanto aparecen tablas, gráficos o escritura manuscrita, deja de ser útil. Queda un campo enorme por mejorar.
También has cruzado Alsacia e incluso has recorrido el GR20, 180 km en Córcega. ¿Fue más difícil que un maratón?
El GR20 es mucho más duro que un maratón. Dura diez días, con el cansancio, los dolores y, a veces, incluso alguna fractura como extra. Es, ante todo, una prueba mental. El maratón se puede correr todos los días después de desayunar.
En 2016 estableciste un récord mundial sobre 54 km y 2.020 m de desnivel en 9 h 38, también en solitario. ¿Qué fue lo que más te marcó de aquel desafío?
Probablemente fue más duro que un maratón. En la montaña, el riesgo es constante, el esfuerzo se prolonga más y físicamente estás sometido a prueba de principio a fin. Pero también es otra forma de placer, diferente, que combina el esfuerzo con una concentración permanente.
¿Sigues marcándote objetivos de rendimiento?
No demasiado concretos en cifras. Mi objetivo es hacerlo lo mejor posible. No corro buscando un tiempo determinado, sino para progresar y superar mis límites. No creo en esta inflación de las distancias extremas: correr 200 o 300 km privándose de sueño es poner la salud en peligro. Prefiero poder correr 70 km con regularidad durante toda mi vida antes que destrozarme por un solo desafío.
«Estoy construyendo continuamente un mapa mental de los lugares que atravieso.»
Hablas a menudo de «geografía viva» cuando describes tu manera de correr. ¿Qué quieres decir?
Construyo continuamente un mapa mental de los lugares que atravieso. Cada detalle sonoro, cada relieve y cada olor me sirven de referencia. Cuando he recorrido un camino una vez, puedo memorizarlo y volver más tarde por mi cuenta. Es como si dibujara el terreno en mi cabeza, capa a capa.
Has iniciado a otras personas ciegas en el trail. ¿Qué te aporta compartir tu experiencia?
Primero está el placer sencillo de compartir una pasión. ¡Cuantos más seamos, más nos reímos! Pero lo que más me conmueve es ver cómo alguien descubre que puede hacer aquello que creía imposible. En la montaña, a veces me cruzo con senderistas algo desorientados y soy yo quien les indica el camino. Siempre sorprende, porque se tiende a pensar que una persona ciega debería tener menos referencias. En realidad, cuando conozco bien una zona, a veces me desplazo con más seguridad que personas videntes que están descubriendo el terreno. La perspectiva cambia por completo: en ese momento ya no hay discapacidad. Solo personas que comparten un mismo espacio, con sus fortalezas y sus límites.
Dices que quieres que «el maratón en solitario sea una disciplina reconocida» y que tus tiempos puedan compararse con los de los corredores videntes. ¿Cómo imaginas la integración de esta práctica en las clasificaciones oficiales?
Hoy estoy clasificado junto a los corredores videntes. Cuando termino el milésimo de 2.000, no soy ni el primero ni el último, y eso tiene sentido: me evalúan en la misma carrera que a los demás. Pero ¿por qué no imaginar una categoría paralela que dé más visibilidad a esta práctica y atraiga a más gente? Me gustaría que las competiciones de deporte adaptado y las de personas sin discapacidad se celebraran juntas, como una gran fiesta. En algunas disciplinas, como el judo, se crean categorías por peso o por edad. También se podría hacer por tipo de discapacidad. Sería una verdadera integración, no dos mundos paralelos.
«Nadie coge un “tren para discapacitados” para ir a un “trabajo para discapacitados”, así que ¿por qué hablar de “deporte adaptado”?»
¿Qué opinas del lugar que ocupa la discapacidad en el deporte actual en Francia?
En la vida cotidiana vivimos todos juntos. Nadie coge un «tren para discapacitados» para ir a un «trabajo para discapacitados», así que ¿por qué hablar de «deporte adaptado»? Esta terminología demuestra que la separación todavía persiste. En la alta competición, las pruebas están compartimentadas, pero en los clubes la integración suele ser mucho más natural. Vimos un gran entusiasmo por los Juegos Paralímpicos, pero enseguida se desinfló. El deporte adaptado sigue tratándose demasiado a menudo como un fenómeno anecdótico. Sueño con un sistema en el que la integración fuera la norma, como también debería ocurrir entre el deporte masculino y el femenino. Hoy todavía organizamos dos Mundiales separados, como si ambos universos no pudieran cruzarse.
En 2024 portaste la llama paralímpica. ¿Qué sentiste en aquel momento?
Fue un momento especial. Era una forma de sentirme integrado en el movimiento olímpico, aunque mi práctica no encaje en las categorías habituales. Aquel día había perfiles muy distintos, desde un estudiante de secundaria en silla de ruedas hasta un deportista de alto nivel. Cuando me pasó la llama, sentí de verdad ese vínculo que une todas las diferencias.
A través de la asociación Vue du Cœur, y de Yvoir, desarrollas herramientas de movilidad y acompañas a otras personas ciegas. ¿Qué te aporta a nivel humano?
El trabajo asociativo consiste, ante todo, en la satisfacción de hacer avanzar las cosas juntos. Ahora estamos trabajando en una versión más resistente y adaptada del bastón, útil tanto para los deportistas como para la vida cotidiana. Cada salida se convierte en un campo de pruebas: pruebo nuevas puntas, observo su desgaste y las llevo al límite. Ocupa mucho espacio en mi cabeza, pero también es lo que hace que el proyecto sea concreto y útil.
Colaboro con la asociación desde hace unos diez años. Al principio se creó para ayudar a un joven con discapacidad visual y después se abrió a otras personas. Hoy sigue siendo una entidad pequeña, y eso es lo que valoro: proyectos que podemos controlar, sin una burocracia pesada, pero que aportan un beneficio real en el día a día. Y, sobre todo, un espacio para compartir nuestras experiencias y avanzar juntos.
Si tuvieras que transmitir un solo mensaje a los jóvenes deportistas con discapacidad, ¿cuál sería?
No me siento necesariamente legitimado para decirles lo que tienen que hacer. Pero, si tuviera que dar un consejo, sería que no escuchen a nadie… ¡ni siquiera a mí! Todos tenemos la misma capacidad para decidir sobre nuestra vida, con discapacidad o sin ella. Lo esencial es no dejarse encerrar por las normas o los prejuicios. Y hay que aprender a ver el vaso medio lleno, o incluso lleno solo una décima parte. Porque esa décima ya es enorme: hay más cosas por explorar de las que una sola vida alcanzaría a experimentar. Es esa parte, por pequeña que sea, la que invita a seguir avanzando.