Juegos de Berlín 1936: el maratón de la resistencia

Juegos de Berlín 1936: el maratón de la resistencia

LR
Por La rédaction

Publicado el mié, 9 de septiembre de 2026

Actualizado el mié, 9 de septiembre de 2026

El deporte siempre ha reflejado las tensiones de su tiempo. Utilizado como arma política, ya fuera para hacer campaña o difundir propaganda, o como símbolo de rebelión, el maratón también se ha puesto al servicio de numerosas causas. Los Juegos de Berlín 1936 estuvieron marcados por un contexto político muy particular.

En 1936, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, Hitler, canciller alemán desde hacía tres años, buscaba por todos los medios dar visibilidad a su ideología. Cinco años antes, Berlín había sido elegida sede de los Juegos Olímpicos de 1936, cuando la República de Weimar, el régimen político vigente en Alemania entre 1918 y 1933, aún estaba en el poder. Pero el régimen nazi, instaurado en 1933, vio en el evento una oportunidad propagandística. La situación era, cuanto menos, controvertida.

Los «Juegos de la Vergüenza»

¿Es ético que un acontecimiento cultural y deportivo de alcance social y económico internacional, que pretende transmitir valores como la paz y la aceptación del otro, se celebre en un país gobernado por un dictador? En aquel momento, varios países se opusieron y optaron por boicotear el evento organizando sus propios Juegos en Barcelona. Bautizado como «Olimpiadas Populares» y con 34 naciones participantes, el proyecto acabó frustrado por el contexto de la Guerra Civil española. Adolf Hitler solo tuvo que adecentar su escaparate para presentar al mundo aquellos Juegos Olímpicos. Los Juegos de Berlín 1936 todavía se conocen hoy como los «Juegos de la Vergüenza».

La mañana del 1 de agosto de 1936, 49 naciones y 129 disciplinas desfilaron en el Estadio Olímpico de Berlín ante cerca de 100.000 espectadores. El ambiente era ambiguo. Entre espectáculos grandiosos, bandas de música, demostraciones militares y el discurso final de la ceremonia pronunciado por Adolf Hitler, se distinguía una escena típica de la propaganda, reflejo de las oscuras convicciones del canciller. La ceremonia de apertura estaba cargada de simbolismo y transmitía un mensaje. Los deportistas judíos de la delegación alemana habían sido apartados y los valores de inclusión del olimpismo quedaban reducidos a un simulacro, mientras se ensalzaba la raza aria como la más fuerte y futura gran vencedora de aquellos Juegos de Berlín 1936.

Aunque el país anfitrión terminó primero en el medallero con un total de 89 medallas, no todo resultó sencillo para Hitler. Dos hombres, pese a sus propias circunstancias, acabarían desmontando el culto a la juventud hitleriana. Se convertirían en símbolos de esperanza: una esperanza ardiente como la llama, pero oculta por la sombra del totalitarismo.


Jesse Owens: la respuesta rotunda a las teorías racistas

Fue especialmente en las pruebas de atletismo donde estos deportistas lograron expresar sus convicciones y su deseo de luchar contra la opresión política. Si la historia del deporte ha conservado su nombre, Hitler tampoco dejó de hacerlo. Era el de James Cleveland Owens, conocido como Jesse Owens. El atleta afroamericano, ganador de cuatro medallas de oro, se convirtió en un símbolo de la lucha contra las teorías raciales de la Alemania nazi, que por entonces se preparaba para la guerra. Vencedor en los 100 m (10,3 segundos), los 200 m (20,7 segundos), el salto de longitud (8,06 m) y el relevo 4 x 100 m (récord mundial en 39,8 segundos), Owens superó a todos los atletas alemanes en sus respectivas pruebas.

Sus hazañas, aplaudidas por los cerca de 100.000 espectadores de los Juegos de Berlín 1936, dejaron indiferentes a los oficiales alemanes y al propio canciller. Hoy se celebran aquellos logros, pese a que la vida del atleta después de los Juegos estuvo marcada por las agresiones racistas que sufrió al regresar a su país, donde la segregación seguía vigente. Aun así, defendió el deporte como un vehículo de unidad y una forma de superar las barreras sociales y políticas.


Ki-Jung: maratoniano y resistente bajo la sombra del colonialismo

Pero otro atleta también dejó su huella en aquel evento: Sohn Kitei. Su verdadero nombre coreano era «Ki-Jung» y fue una figura destacada del maratón en el siglo XX. En varias ocasiones encarnó la resiliencia frente a la injusticia. Hasta 1945, Corea sufrió una opresión económica y política cada vez mayor. La invasión japonesa de Corea sigue siendo, de hecho, una fuente de tensión entre ambos países. El triunfo de Sohn Ki-Jung en la prueba reina de los Juegos de Berlín 1936 se convirtió en un símbolo de resistencia para el pueblo coreano y de esperanza para los opositores del dictador del Gran Reich, que aspiraban a inspirarse en aquel impulso de valentía. El atleta, originario de Corea, se vio obligado a competir bajo la bandera japonesa en un contexto colonial. Contra todo pronóstico, Ki-Jung ganó el maratón, estableciendo un nuevo récord olímpico (2 h 29:19).

Durante la ceremonia de entrega de medallas, el atleta olímpico «celebró» su victoria con la cabeza gacha y sin pronunciar palabra. Ocultó el dorsal en el que figuraba la bandera japonesa tras un joven roble que le habían regalado, símbolo de fuerza y longevidad, una coincidencia reveladora de cara al futuro. Además, se identificó ante los periodistas internacionales presentes como coreano, no japonés, para mostrar al mundo entero su oposición a la ocupación nipona. Su compatriota Nam Sung-yong, que había terminado tercero, declaró después que había envidiado al triste vencedor, no por su puesto, sino por haber tenido el valor de reivindicar su libertad y su identidad oprimida. Tras su victoria y aquellos pequeños gestos de resistencia, la vida del campeón olímpico quedó sometida a la vigilancia constante del Gobierno japonés. Todo ello bastó para que el pueblo coreano recuperara la esperanza en un futuro próspero para su comunidad.


Un símbolo universal de resiliencia

Más allá de las fronteras, Ki-Jung contribuyó activamente a la excelencia deportiva internacional. Después de la independencia de Corea, el maratoniano siguió impulsando el atletismo y se convirtió en entrenador nacional para formar a atletas de alto nivel con vistas a los Juegos Olímpicos. Dos de sus discípulos, Suh Yun-bok y Ham Kee-yong, ganaron el Maratón de Boston en 1947 y 1950, respectivamente, mientras que Hwang Young-cho se proclamó campeón olímpico en 1992. Muchos años después, el Maratón de Boston viviría también un episodio trágico, en 2013, cuando dos explosiones criminales sacudieron la línea de meta y dejaron una huella profunda en la historia de esta carrera emblemática. Al igual que Sohn Ki-Jung en 1936, los maratonianos de Boston demostraron, pese al terror, la resiliencia y la unidad frente a la adversidad.


Todos estos acontecimientos recuerdan que el maratón es mucho más que una simple prueba física: es el umbral de las ideologías humanas, donde se enfrentan la voluntad de libertad y el autoritarismo.


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