Esos ánimos del público que oímos… pero ya no escuchamos
Publicado el mié, 9 de septiembre de 2026
Actualizado el mié, 9 de septiembre de 2026
Ahí están, fieles a su puesto, gritando desde las aceras, dando palmas y agitando sus campanillas de plástico. Los aficionados a las carreras son imprescindibles, su presencia es una bendición. Pero a veces, pese a toda su buena voluntad, sus ánimos se parecen más a frases hechas que a un verdadero combustible mental. «¡Vamos, corredores!», «¡Solo quedan 10 km!», «¡Qué guapo estás cuando corres!»… estos clásicos del arcén merecían un pequeño análisis. Porque entre torpezas, ironía involuntaria y efectos contraproducentes, hay motivos para sonreír… o para hacer una mueca.
Capítulo 1 – El bingo de la falsa amabilidad
En cuanto una carrera atraviesa un pueblo, se repite el mismo ritual. La gente sale a la puerta de casa, se prepara una taza de café, se echa una manta sobre las piernas y saca del cajón sus frases de siempre. Un «¡Vamos, corredores!» para todo el mundo, soltado como quien reparte folletos. El problema es que ese «vamos» impersonal acaba sonando vacío. No distingue a nadie, no se dirige a nadie. Es genérico, prefabricado, tibio.
Nadie desprecia la intención, pero después del decimoséptimo «vamos» escuchado en 200 metros ocurre algo extraño: uno se vuelve sordo. El cerebro lo clasifica automáticamente como «ruido de fondo». Y la pierna izquierda sigue quejándose.
Capítulo 2 – Los falsos amigos del cronómetro
Entre los grandes clásicos está el famoso «¡Solo quedan 10 km!» que se escucha… en el kilómetro 32 de un maratón. Quien lanza el mensaje sonríe de oreja a oreja, convencido de haber dado un pequeño empujón. Pero para quien lleva 2 h 40 min desgastándose las piernas, suena más bien a chiste de dudoso gusto.
Para empezar, 10 km siguen siendo muchos. Además, a esas alturas el cronómetro ya no significa nada. Ya no es una cuestión de distancia, sino de supervivencia. Y anunciar con frialdad lo que queda se parece bastante a decir «ánimo con tu último cuarto de hora de sufrimiento». Solo que todavía quedan unos 45 minutos. Como mínimo.
Capítulo 3 – El humor que pincha un poco
Otra especialidad del aficionado entusiasta: la ocurrencia ingeniosa. El «¡Qué guapo estás cuando corres!», soltado a menudo con una sonrisa cómplice. Sobre el papel, podría tener gracia. En la práctica, suele ser más bien un pequeño golpe de autodesprecio.
Porque eso de estar «guapo corriendo» es muy relativo. Sudado, congestionado, a punto de echar a andar, uno ya no está precisamente cerca de la foto de llegada de Kipchoge. Y ese intento de humor, pensado para aligerar el esfuerzo, a veces acaba cargando aún más el ego. En el peor de los casos, suena incluso a burla apenas disimulada. Justo lo contrario de lo que uno espera en plena zona de turbulencias.
Capítulo 4 – La palabra adecuada en el momento justo
Entonces, ¿qué funciona de verdad? No es una ciencia exacta, pero hay algunas fórmulas sencillas que cumplen su cometido. Gritar el nombre de alguien, cuando se ve en el dorsal, lo cambia todo. Despierta. Devuelve un poco de identidad dentro del pelotón.
Otra opción ganadora: el ánimo realista. «Ya has pasado lo más duro», «Aguanta, estás dentro», «Lo estás haciendo muy bien»… pequeñas frases concretas que hablan al corredor en ese momento preciso. Porque tienen en cuenta la situación, la dificultad y la energía que ya se ha quedado sobre el asfalto. No intentan maquillar la realidad, sino sostenerlo.
Capítulo 5 – El sutil arte de estar sin hacer demasiado ruido
A veces, el mejor ánimo es simplemente estar ahí. Una mirada que conecta, un aplauso sincero, un gesto con la mano sin decir una palabra. La empatía silenciosa es un lenguaje universal que funciona mejor que otro «¡Vamos, vamos!» lanzado al azar.
Como decía un tal Muhammad Ali: «No es la montaña lo que conquistamos, sino a nosotros mismos.» En esa batalla interior que a menudo es correr, las frases vacías son como los geles del supermercado: prometen mucho, pero aportan poco. Lo que necesitan los corredores es verdad, precisión. No un copia y pega sonoro.
Capítulo 6 – Animar también es correr… a tu manera
Porque sí, estar al borde de la carretera también es una forma de compromiso. Un maratón de paciencia, una media maratón de motivación. Y eso merece respeto. Pero ya que estamos, hagamos que sea algo un poco más sensible, un poco más personal. Una palabra certera puede reactivar una zancada. Una mirada sostenida puede reavivar la llama. Y a veces, un simple «Te espero en la meta» vale más que todos los megáfonos del mundo.
Así que, a todos los aficionados de las aceras: seguid ahí, ruidosos, sinceros y un poco torpes. Pero, si es posible, dejad «Solo quedan 10 km» en el fondo del cajón. Y regalad, en su lugar, una sonrisa de verdad. Es increíble lo mucho que puede cambiar, incluso en el kilómetro 39.