Las señales del cuerpo durante una tirada larga

Dorian Vuillet
Por Dorian Vuillet

Publicado el mié, 9 de septiembre de 2026

Actualizado el mié, 9 de septiembre de 2026

Las señales del cuerpo durante una tirada larga
© ASO

Las señales del cuerpo durante una tirada larga (y esas que fingimos no oír). Piernas de gelatina, una zancada que empieza a hacer moonwalk, un estómago que ruge más fuerte que la grada del Stade de France… Durante una tirada larga, el cuerpo lanza SOS en morse, con destellos y señales de humo. Pero como somos unos rebeldes de campeonato, seguimos corriendo mientras cantamos «lalalala, no te oigo». ¿Mala idea? ✓ Un poco, sí. Aquí va una pequeña guía de las señales que solemos ignorar y de por qué hacerlo es una tontería (aunque tenga su gracia).

Modo barbacoa: cuando tu cuerpo se cocina a fuego lento

Escalofríos a 30 °C, un sofoco con brisa polar… No, no te has convertido en un aire acondicionado portátil. Es tu cuerpo activando el modo «barbacoa». Pero tú piensas: «Es normal, ¡está calentando! Voy a convertirme en Kilian Jornet, versión gratén de patata.» Spoiler: si no aflojas, acabarás dorado por fuera y blandito por dentro.

Remedio: baja el ritmo, bebe y mójate la cabeza. Funciona mejor que rezar para que aparezca una nube.


Estómago inestable: el equilibrio digestivo, ese funambulista

Tu estómago es un sindicato autónomo. Si le das cualquier cosa (o no le das nada), se pone en huelga al instante: gorgoteos, calambres, emergencia sanitaria detrás de un arbusto. Pero tú, héroe de la resistencia intestinal, piensas: «Aguantaré apretando el culo, ya se pasará.». Mala noticia: casi nunca se pasa solo.

Remedio: come en el momento adecuado, bebe antes de tener sed y localiza siempre el árbol más cercano. Una cuestión de supervivencia.


La zancada zombi

Sales ligero, como una gacela. Terminas como un pingüino cojo. Los brazos giran en el vacío, tus apoyos parecen sacados de un sketch de Laurel y Hardy y tus caderas se despiden del mundo civilizado. Pero tú, warrior, piensas: «Es el cansancio normal. Esto forja el carácter.» Spoiler: sobre todo puede forjar una tendinitis.

Remedio: revisa la postura, respira y párate dos minutos. Sí, detenerse es legal.


Cardio desbocado: lo que el corazón intenta decirte

Ritmo estable, pulsaciones en órbita. Corres a 9 km/h, pero tu corazón está disputando una media maratón por su cuenta. ¿Normal? No. Tú solo miras el ritmo y no el radar de alerta roja que llevas en el pecho. «Todo irá bien.» Sí, todo irá bien… hasta que te marees.

Remedio: mira también las pulsaciones, Sherlock. Si se disparan, afloja, bebe y repón los carbohidratos. O aprende a correr con un desfibrilador en la mochila de hidratación.


La cabeza dice basta (y no siempre sin motivo)

¿Un bajón? ¿La cabeza ya no responde? ¿La playlist tampoco basta? La pérdida de motivación, la desconexión mental, las ganas que se evaporan: no siempre es «cosa de la cabeza». A menudo es el resultado de un descenso de energía, un desequilibrio de electrolitos o un esfuerzo que supera la capacidad del día. Solemos reducir un bajón anímico a una explicación psicológica y hablar de «falta de cabeza» o de «pereza».

Pero a veces conviene recordar que el cerebro es un órgano más. También necesita combustible. Y cuando se queda sin él, simplemente deja de poner en marcha la maquinaria. Novak Djokovic lo resumió una vez a su manera: «Cuando no estoy bien de cabeza en la pista, rara vez es algo mental. A menudo es porque mi cuerpo ya no responde.»

Remedio: aliméntalo (al cerebro). Agua, carbohidratos y electrolitos. Sí, tu cerebro es como un Nokia viejo: sin batería, no funciona nada.


Por qué nos hacemos los sordos cuando deberíamos escuchar

Porque glorificamos a los finishers al límite, a los corredores que aprietan los dientes hasta el final, a quienes «no escuchan a su cuerpo». Porque las historias heroicas consiguen más likes que los abandonos inteligentes. Porque confundimos tenacidad con tozudez.

Pero escuchar al cuerpo no es rendirse. Es invertir. Para durar. Para progresar sin romperse. Para encadenar tiradas largas sin sufrirlas. Porque, de tanto ignorar las señales débiles, acabamos chocando con una señal muy clara: la lesión.


Escuchar no es abandonar

Hay una frase que se repite mucho: «No hay que escucharse demasiado.» ¿Y si precisamente hubiera que hacer lo contrario? Escucharse no es abandonar. No es renunciar. Es ajustar. Por respeto al cuerpo. Por lucidez. También por estrategia. Porque entrenamos para durar, no para brillar un domingo y caminar cojeando durante tres semanas.

Las señales del cuerpo son nuestros mejores aliados. No quieren sabotear la tirada larga, quieren que la terminemos en buenas condiciones. Así que, ante el próximo gorgoteo, el próximo sofoco o el próximo bajón de ánimo: pausa. Respira. Bebe. Ajusta. Y, sobre todo, quédate con una idea: el verdadero nivel no lo tiene quien va más rápido, sino quien sabe cuándo debe aflojar.