Los tipos de corredores que te cruzas en un maratón
Con varios miles de corredores en algunos maratones, la línea de salida reúne un reparto de lo más variopinto. Más que una carrera, el maratón es una aventura humana que junta perfiles muy distintos durante 42,195 km. Está el corredor élite, los warriors de lo imposible o el turista que aparece sin haber hecho ni un solo entrenamiento. Todos forman un ecosistema apasionante y genuino del maratón. En fin, si alguna vez has corrido uno, seguro que te has cruzado con alguno. Y si no, probablemente sea porque tú mismo eres uno de ellos.
La estrella fugaz que revienta en el kilómetro 30
Lo localizas enseguida en la salida. Gemelos marcados, outfit de alto nivel y zapatillas con la última tecnología. Lo sabes tú, lo sabe tu vecino y lo sabe todo el mundo: va a hacer un tiempazo. Y si va a hacer un tiempazo, también llevará un ritmazo. Está en tu mismo cajón (sí, hablamos del de 4 h 30), pero este tipo no pinta nada ahí porque, cito textualmente, está “en la forma de su vida”. La estrella fugaz, como su nombre indica, sale disparada. Evidentemente, en el kilómetro 2 ya no lo ves. La estrella brilla, la estrella vuela… Directa contra el muro. Y sí, volverás a encontrarla en el kilómetro 30, en posición lateral de seguridad y negociando con su alma para poder terminar la carrera.
El corredor de cartón piedra
A primera vista, puedes confundirlo con la estrella fugaz. Cuanto más te acercas al fenómeno, porque con esa pinta estamos hablando de un fenómeno, más te das cuenta de que no es la estrella fugaz, sino el corredor de cartón piedra. El corredor de cartón piedra brilla bajo el sol porque su equipamiento está a la última. De los pies a la cabeza, todo preparado. Las últimas zapatillas de carbono de 400 €, porque, cito textualmente: “Según un estudio, te hacen ganar 3 minutos en maratón”. El problema es que, cuando las estrena en carrera, lo que le hacen ganar son ampollas y una tendinitis. Calcetines de compresión por estética, porque en realidad nadie sabe para qué sirven ni cómo funcionan. Una prenda ultratécnica, por supuesto a juego con sus zapatillas de carbono, para crear la ilusión de que tiene patrocinador. Un reloj GPS capaz de pilotar un satélite, con seguimiento de la VO2 máx., cálculo de la oscilación vertical y análisis del karma. Unas gafas ultraligeras que lleva incluso cuando hace mal tiempo. Y, por último, una cantidad astronómica de geles energéticos. Suficiente para aguantar un ultra, aunque no evitará que termine con una pájara en el kilómetro 27. Equipamiento de última generación por la módica suma de tres veces tu sueldo, todo para acabar caminando. Bravo, campeón.
El influencer
¿Ya ves venir la publicación de Instagram de ese tipo en la salida que lo graba absolutamente todo? Como mínimo, tres reels de resumen después de la carrera. Necesitas lo equivalente a dos pausas para comer para terminar de ver el reportaje. El influencer no está aquí para correr un maratón. No. Está en la salida para contar una historia inspiradora. Tiene miles de seguidores (probablemente un centenar en realidad) y compartirá TODA la carrera en directo con su #comunidad. Un consejo: aléjate del influencer si no quieres acabar de los nervios a los 20 minutos de carrera. Porque sí, en cada kilómetro escucharás su dulce voz: “¡Amigos, kilómetro 25, seguimos a tope! ¡No aflojamos, el objetivo es disfrutar!”
Usain Bolt
Es difícil localizarlo en la línea de salida o a lo largo del recorrido. Usain Bolt es un corredor del montón, que sobrevive como puede a su maratón. Después del kilómetro 30, alterna caminar y correr, se toma pausas de 10 minutos en cada avituallamiento e incluso se plantea pedir un Uber. En realidad, Usain Bolt solo aparece al final de la carrera. Cuando parece completamente agotado, luchando con todas sus fuerzas contra el dolor y el cansancio, una fuerza mística se apodera de él. A lo lejos, el arco de meta. La multitud, que ha acudido en masa para animar a los supervivientes de la carrera, vitorea a los corredores. El speaker lleva más de cuatro horas gritándole al micrófono para animar a las tropas en los últimos metros. Usain Bolt se endereza. Usain Bolt alarga la zancada. Usain Bolt mete el turbo sin ningún motivo. En un instante, pasa de ser un “superviviente del muro del kilómetro 30” a un “finalista olímpico de 100 metros”. Te adelanta sin mirarte y sin decir una palabra. Bolt levanta los brazos al cruzar la línea de meta, y eso ya es la guinda del pastel.
La élite, a la que nunca te cruzas
Seamos sinceros: solo te cruzarás con él una vez. Será justo cuando baje del podio y tú intentes reunir algo de energía para levantarte de la zona de meta. Él ya se habrá duchado, habrá hecho sus 10 km suaves de recuperación (más rápido que tu ritmo de carrera, por supuesto) y habrá respondido a las decenas de preguntas de la prensa internacional. El ganador del día también mencionará que se trataba de su última carrera de preparación antes de los Juegos Olímpicos. Después se marchará al aeropuerto. Mañana empieza un stage de cuatro semanas en Iten, Kenia.
El veterano incombustible
Ahí está, tranquilo, con las mismas zapatillas que llevaba en su primer maratón, hace ya… 40 años. Ni equipamiento superfluo ni calentamiento, como mucho algo de movilidad. El pantalón corto y la camiseta, que han perdido el color de tanto sol, probablemente tienen más experiencia en maratón que tú. Es domingo y Michel, con 65 años, está ahí para dar su paseo dominical. Evidentemente, como corredor de 34 años, tu objetivo cambia en cuanto ves a Michel en tu cajón de salida: cruzar la meta antes que él. Mientras tú sufres para encontrar el aliento y regular el ritmo durante los primeros kilómetros, Michel sigue tan tranquilo. Boca entreabierta, postura relajada, “a la economía”, como dice él. Cuando tú te estampas contra el muro del kilómetro 30, Michel charla con los voluntarios: “Ah, los maratones de hoy ya no son como antes. En los años 80 solo había un avituallamiento, ¡y era vino tinto!”. Lo que viene después es una auténtica lección de humildad. Cuando crees que Michel empieza a cansarse, te equivocas por completo. El veterano no solo no baja el ritmo, sino que acelera. En la meta te confesará que sale a trotar de vez en cuando, mientras tú has seguido un entrenamiento militar durante 12 semanas. Sí, Michel es incombustible.
El que no calla
Si hay un corredor que no tiene ni idea de lo que es el esfuerzo, es este. Mientras tres cuartas partes del pelotón luchan por completar el maratón, él sigue dale que te pego. En medio de la masa lo oyes antes de verlo. Mientras tú intentas desesperadamente controlar la respiración, el que no calla está dando una conferencia sobre su último viaje a Tanzania. Durante 42,195 km escucharás el relato completo de su aventura africana. Varias veces intentas responderle, haciendo evidentes señales de debilidad. No capta ninguna de tus señales de socorro y continúa: “¿Tú ya has estado en África? No, porque yo, fíjate que…”. Y vuelta a empezar. No hace falta decir que no se callará nunca. El broche final llega cuando, en la meta, te suelta: “¡Ha sido genial correr este maratón juntos! ¿Repetimos pronto?”
El lesionado eterno
La lista es larga, casi interminable. Sí, hablamos de la lista de sus problemas físicos de los últimos seis meses. Una contractura que arrastra desde hace semanas, la tendinitis que apareció después de unas series, la espalda destrozada… No se salva ningún músculo. En resumen, nunca debería haber tomado la salida y está al borde de retirarse, pero lo intenta de todos modos. Por supuesto, tú muestras compasión: “Vaya… Mis respetos, pero cuídate mucho igualmente”. Lo reconoces por las famosas cintas de colores pegadas por todas sus piernas. Ya no sabes si es Carnaval o el maratón del año. Sales con él, pero no esperabas verlo todavía con una zancada tan ligera en el kilómetro 10. En el 15 acelera, te deja atrás y desaparece de tu vista antes del 25. Te esperará en la meta para decirte que “al final salió bien y, además, con récord personal”. Menudo farsante.
El infiltrado del cajón élite
Ahí está nuestro campeón. Mirada decidida, plantado en primera línea entre los atletas élite de verdad. Podrías pensar que juega en las grandes ligas, pero tú lo sabes. Su dorsal de cuatro cifras lo confirma: no pinta nada ahí. Un error durante la inscripción, una apuesta temeraria, exceso de confianza… Nadie sabe cómo ha acabado en ese cajón. Suena el pistoletazo y los élites salen disparados. El infiltrado intenta seguirlos, un intento que terminará después de 500 m. El color de su cara cambia a toda velocidad. En pocos kilómetros pasa del rojo al blanco. Los élites hace rato que ya no están a la vista. Tiene que aflojar, dejarse adelantar, aflojar todavía más. Normal, después de haberse puesto en rojo oscuro desde la salida. En ese momento ya no es un élite, sino nuestro campeón del mundo de la estupidez. El año que viene elegirá un cajón más apropiado… Eso esperamos.
El corredor descalzo
No hace falta extenderse mucho con este. Lo localizas a primera vista en el pelotón porque, por alguna razón que nadie entiende, ha decidido correr descalzo. Estamos ante un corredor de lo más minimalista. Camiseta de tirantes ligera, pantalón corto suelto y, como mucho, una gorra si hace muchísimo calor. Geles, bebida, agua, reloj GPS… No, no lleva nada de eso. Lo peor es que avanza más rápido que tú con tus zapatillas de carbono compradas por el equivalente a un salario mínimo.
Tú
Puede que hoy no te veas reflejado en ninguno de estos corredores, o quizá marques un poco todas las casillas. En fin, probablemente seas el que va penando como todo el mundo.